
Florentina era la segunda hija de una noble familia originaria de Cartagena, que había tenido cinco hijos, y cuatro alcanzaron la santidad: San Leandro, Santa Florentina, San Fulgencio y San Isidoro. Juliano no dice al respecto: "Santa Florentina nascitur Cartagine anno DXLV".
Esta santa que, al decir de los historiadores, era una bellísima doncella, guiada por las virtudes de su hermano mayor Leandro, retiróse en plena juventud a un monasterio de la orden de San Benito, en Ecija, fundación suya propia, como lo afirma el breviario de la misma Orden. Allí se encerró en compañía de unas cuantas jovencitas, siendo el ejemplo de su vida tan convincente que arrastro a otras muchas a seguir su profesión. Y fueron tantas que su numero paso de trescientas, convirtiéndose el monasterio en el mas insigne y celebre de aquel tiempo. Voló tanto la fama de esta santa fundadora, que llego a gobernar hasta cuarenta conventos con mas de mil religiosas en ellos; queriéndolas todas como a madre, respetándola como a superiora y venerándola como a santa.
El monasterio donde Santa Florentina vivió en Ecija, fue el celebre santuario de Nuestra Señora del Valle, asolado durante la invasión árabe, y reconstruido después por los monjes de San Jerónimo, convirtiéndose en 1485 en un fabuloso y maravilloso monasterio, donde recibió culto la imagen de la Virgen del Valle, patrona de la ciudad, hasta 1835 en que por nueva ruina del monasterio, fue trasladada definitivamente a la Iglesia Mayor de Santa Cruz.
A la muerte de Santa Florentina en el año 633 y ochenta y ocho de vida en este mundo, su cuerpo fue enterrado en dicho monasterio del Valle, pero con la dominación árabe fue trasladado, junto con el de su hermano San Fulgencio, Obispo de Ecija, a Berzocana (Cáceres), en cuya iglesia parroquial se guardan sus reliquias.
Llegó el año 711. Tarik-ben-seyad, caudillo berberisco, tras su triunfal desembarco en la península, avanza por e sur de España en persecución de los cristiano, hasta llegar a Ecija. Aquí sus habitantes, junto con el resto del ejercito de Don Rodrigo, le hicieron frente en las afueras de la población, al lado de un manantial, desarrollándose tan sangrienta batalla que las aguas corrieron rojas de sangre, por lo que desde entonces se conoce aquel lugar con el nombre de la “la fuente de los cristianos”.Aunque fueron los musulmanes los triunfadores en tan cruenta batalla, los estragos en sus filas también fueron cuantiosos. Era el primer enfrentamiento serio y difícil tenido en su triunfal marcha. Ello hizo que su furia creciera en tal manera que decidieron arrasar tierras, casas, y posesiones a las afueras del recinto amurallado, en donde nuevamente los ecijanos se habían hecho fuertes, aunque la falta de hombres les hiciera colocar en las almenas muchas de las estatuas que, de procedencia romana, aun había en la ciudad al objeto de intimidar a los árabes.
El monasterio del Valle, residencia de las monjas de Santa Florentina, se encontraba asentado en la ribera occidental del río Genil. A media milla de las murallas de la ciudad, y por tanto en inminente peligro en aquel desamparado valle.
La descompuesta soldadesca sarracena, enterada de la existencia de esta comunidad de mujeres, sin protección militar alguna, deciden asaltar el convento y dar en el rienda suelta a sus apetitos carnales, pues era fama la juventud y belleza de las monjas de la congregación.
Milagrosamente enterada la abadesa de las pretensiones de los moros, llama a capítulo a sus hermanas que reunidas ante la tumba de Santa Florentina, muerta hacia ya setenta y ocho años, les expone el peligro que corren en su honestidad, ante la violencia y barbarie de aquellas gentes.
La madre abadesa en una breve pero elocuente platica, les habla del compromiso que todas habían contraído con Dios el día que entraron a formar parte de la comunidad en aquel santo monasterio. Y para probar sus vocaciones, el Señor les obligaba ahora a elegir entre la traición o la valentía. También contaba el miedo, miedo que el mismo Cristo quiso vivir en el Huerto de los Olivos y que supero por su confianza en el padre al que libremente ofrece su sacrificio, como un acto heroico para la salvación de los hombres. Les recordó lo que decía el libro “Sobre la institución de las vírgenes y el desprecio del mundo” que como las reglas de la santa madre Florentina, escribió para ellas su hermano Leandro. Les hablo, por fin, de la pureza y de la belleza espiritual que es la única que vale ante Dios, y termino con esta frase: “mas vale vivir sin cara que sin alma”.
Tras una corta deliberación, acordaron entre si de afear sus rostros de manera que no solo fuesen incentivo de su apetito carnal, sino mas aun lo apagasen del todo y se les hiciese aborrecibles. Unas a otras fueron dándose cortes en el rostro, sin oírse siquiera la mas mínima lamentación. (Ejemplo que siguieron después y por el mismo motivo, las siete doncellas de Simancas).
Aquella mañana en el convento, solo se oía el exquisito canto matinal del oficio de laúdes, tras el cual la madre abadesa, con voz entrecortada por la emoción al ver aquellas caras desfiguradas dijo: -Supone una gran responsabilidad para todas nosotras demostrar valor y entereza, dando así un alto ejemplo de serenidad, pues pase lo que pase será la voluntad de Dios y Él nos ama sobre todas las cosas.
Cuando al fin llegaron las moriscas huestes, quedaron sorprendidos anta el espectáculo de unos rostros cuajados de heridas sangrantes. Su enojo fue tal y su enfado tan irritante al verse burlados, que decidieron pasarlas a cuchillo. Ante el sorprendente peligro, corrieron las monjas despavoridas para alcanzar las murallas de la ciudad y obtener protección allí. Pero en el camino, una a una, fueron degolladas. La mas joven, una novicia recién ingresada en la orden, pudo adelantarse y llegar hasta la puerta de Palma, manchando con su sangre una de las columnas de la portada, antes de caer mortalmente herida y subir al cielo con su doble corona de virgen y mártir, al igual que todas sus hermanas.
Andando el tiempo, la columna, como un homenaje a aquellas mártires, fue colocada en la Ermita del Humilladero, sitio del camino llamado de “las Vírgenes”, porque allí fueron asesinadas, cruzado por el arroyo del “Ahulladero” nombre este tomado de los descompasados alaridos que daban los perseguidores árabes.
En confirmación de este suceso, en 1624 escribió así fray Rodrigo de Yepe, de la orden de San Jerónimo, religioso morador del Monasterio del Valle, tras su reconstrucción: “Todos los que ahora viven se destetaron oyendo la devoción a Nuestra Señora del Valle y de su santa imagen, y de haber vivido aquí Santa Florentina y las santas vírgenes de su monasterio. Y las abuelas decían a sus nietos que tuviera devoción en el camino del Valle, que se dice el camino de las Vírgenes o del Ahulladero; por que todo él, desde la iglesia mayor de Santa Cruz hasta el Monasterio, está regado de sangre de las doncellas santas que martirizaron los infieles arrianos. Y a la Puerta de Palma de esta ciudad, están unos mármoles que se dice se regaron con la sangre de estas santas doncellas, cuando desde el monasterio las iban martirizando las infieles., En confirmación de esto hay memoria en esta ciudad de una devota mujer, que se decía Maria Alonso, y ahora viven los que la conocieron., la cual afirmaba que una mañana antes del amanecer, que solía venir ella al monasterio cada día, le apareció una procesión de las vírgenes con candelas encendidas, le dieron una de ellas, la cual guardo para la hora de su muerte. Por reverencia de estas cosas y devoción de esta gran santa, muchas personas vienen gran parte del camino desde la ciudad descalzas, y otras las rodillas por tierra, hasta ver con sus ojos la santa imagen de la Madre de Dios, y el lugar donde vivió la virgen Florentina, con la compañía de las doncellas martines de Cristo, y su capilla y sepultura. Hablo de esto no solo por la relación de otros, sino como testigo de vista en dos años que residí en aquel santo monasterio”.Y cuenta la tradición popular que aplicando el oído a la columna de la ermita del Humilladero, se oye como un fluir de sangre a borbotones.
Y también es fama el oír sonido de campanas debajo de la tierra, donde se dice estuvo el monasterio de monjas de Santa Florentina.
Lo que si nos cuenta Fray Jaime Bleda en el lib. VII, cap. II, es “que las monjas de Santa Florentina de Ecija, fueron las que primero padecieron el martirio, luego en la primera invasión de los moros, cuando fue tomada aquella ciudad”.
Esta santa que, al decir de los historiadores, era una bellísima doncella, guiada por las virtudes de su hermano mayor Leandro, retiróse en plena juventud a un monasterio de la orden de San Benito, en Ecija, fundación suya propia, como lo afirma el breviario de la misma Orden. Allí se encerró en compañía de unas cuantas jovencitas, siendo el ejemplo de su vida tan convincente que arrastro a otras muchas a seguir su profesión. Y fueron tantas que su numero paso de trescientas, convirtiéndose el monasterio en el mas insigne y celebre de aquel tiempo. Voló tanto la fama de esta santa fundadora, que llego a gobernar hasta cuarenta conventos con mas de mil religiosas en ellos; queriéndolas todas como a madre, respetándola como a superiora y venerándola como a santa.
El monasterio donde Santa Florentina vivió en Ecija, fue el celebre santuario de Nuestra Señora del Valle, asolado durante la invasión árabe, y reconstruido después por los monjes de San Jerónimo, convirtiéndose en 1485 en un fabuloso y maravilloso monasterio, donde recibió culto la imagen de la Virgen del Valle, patrona de la ciudad, hasta 1835 en que por nueva ruina del monasterio, fue trasladada definitivamente a la Iglesia Mayor de Santa Cruz.
A la muerte de Santa Florentina en el año 633 y ochenta y ocho de vida en este mundo, su cuerpo fue enterrado en dicho monasterio del Valle, pero con la dominación árabe fue trasladado, junto con el de su hermano San Fulgencio, Obispo de Ecija, a Berzocana (Cáceres), en cuya iglesia parroquial se guardan sus reliquias.
Llegó el año 711. Tarik-ben-seyad, caudillo berberisco, tras su triunfal desembarco en la península, avanza por e sur de España en persecución de los cristiano, hasta llegar a Ecija. Aquí sus habitantes, junto con el resto del ejercito de Don Rodrigo, le hicieron frente en las afueras de la población, al lado de un manantial, desarrollándose tan sangrienta batalla que las aguas corrieron rojas de sangre, por lo que desde entonces se conoce aquel lugar con el nombre de la “la fuente de los cristianos”.Aunque fueron los musulmanes los triunfadores en tan cruenta batalla, los estragos en sus filas también fueron cuantiosos. Era el primer enfrentamiento serio y difícil tenido en su triunfal marcha. Ello hizo que su furia creciera en tal manera que decidieron arrasar tierras, casas, y posesiones a las afueras del recinto amurallado, en donde nuevamente los ecijanos se habían hecho fuertes, aunque la falta de hombres les hiciera colocar en las almenas muchas de las estatuas que, de procedencia romana, aun había en la ciudad al objeto de intimidar a los árabes.
El monasterio del Valle, residencia de las monjas de Santa Florentina, se encontraba asentado en la ribera occidental del río Genil. A media milla de las murallas de la ciudad, y por tanto en inminente peligro en aquel desamparado valle.
La descompuesta soldadesca sarracena, enterada de la existencia de esta comunidad de mujeres, sin protección militar alguna, deciden asaltar el convento y dar en el rienda suelta a sus apetitos carnales, pues era fama la juventud y belleza de las monjas de la congregación.
Milagrosamente enterada la abadesa de las pretensiones de los moros, llama a capítulo a sus hermanas que reunidas ante la tumba de Santa Florentina, muerta hacia ya setenta y ocho años, les expone el peligro que corren en su honestidad, ante la violencia y barbarie de aquellas gentes.
La madre abadesa en una breve pero elocuente platica, les habla del compromiso que todas habían contraído con Dios el día que entraron a formar parte de la comunidad en aquel santo monasterio. Y para probar sus vocaciones, el Señor les obligaba ahora a elegir entre la traición o la valentía. También contaba el miedo, miedo que el mismo Cristo quiso vivir en el Huerto de los Olivos y que supero por su confianza en el padre al que libremente ofrece su sacrificio, como un acto heroico para la salvación de los hombres. Les recordó lo que decía el libro “Sobre la institución de las vírgenes y el desprecio del mundo” que como las reglas de la santa madre Florentina, escribió para ellas su hermano Leandro. Les hablo, por fin, de la pureza y de la belleza espiritual que es la única que vale ante Dios, y termino con esta frase: “mas vale vivir sin cara que sin alma”.
Tras una corta deliberación, acordaron entre si de afear sus rostros de manera que no solo fuesen incentivo de su apetito carnal, sino mas aun lo apagasen del todo y se les hiciese aborrecibles. Unas a otras fueron dándose cortes en el rostro, sin oírse siquiera la mas mínima lamentación. (Ejemplo que siguieron después y por el mismo motivo, las siete doncellas de Simancas).
Aquella mañana en el convento, solo se oía el exquisito canto matinal del oficio de laúdes, tras el cual la madre abadesa, con voz entrecortada por la emoción al ver aquellas caras desfiguradas dijo: -Supone una gran responsabilidad para todas nosotras demostrar valor y entereza, dando así un alto ejemplo de serenidad, pues pase lo que pase será la voluntad de Dios y Él nos ama sobre todas las cosas.
Cuando al fin llegaron las moriscas huestes, quedaron sorprendidos anta el espectáculo de unos rostros cuajados de heridas sangrantes. Su enojo fue tal y su enfado tan irritante al verse burlados, que decidieron pasarlas a cuchillo. Ante el sorprendente peligro, corrieron las monjas despavoridas para alcanzar las murallas de la ciudad y obtener protección allí. Pero en el camino, una a una, fueron degolladas. La mas joven, una novicia recién ingresada en la orden, pudo adelantarse y llegar hasta la puerta de Palma, manchando con su sangre una de las columnas de la portada, antes de caer mortalmente herida y subir al cielo con su doble corona de virgen y mártir, al igual que todas sus hermanas.
Andando el tiempo, la columna, como un homenaje a aquellas mártires, fue colocada en la Ermita del Humilladero, sitio del camino llamado de “las Vírgenes”, porque allí fueron asesinadas, cruzado por el arroyo del “Ahulladero” nombre este tomado de los descompasados alaridos que daban los perseguidores árabes.
En confirmación de este suceso, en 1624 escribió así fray Rodrigo de Yepe, de la orden de San Jerónimo, religioso morador del Monasterio del Valle, tras su reconstrucción: “Todos los que ahora viven se destetaron oyendo la devoción a Nuestra Señora del Valle y de su santa imagen, y de haber vivido aquí Santa Florentina y las santas vírgenes de su monasterio. Y las abuelas decían a sus nietos que tuviera devoción en el camino del Valle, que se dice el camino de las Vírgenes o del Ahulladero; por que todo él, desde la iglesia mayor de Santa Cruz hasta el Monasterio, está regado de sangre de las doncellas santas que martirizaron los infieles arrianos. Y a la Puerta de Palma de esta ciudad, están unos mármoles que se dice se regaron con la sangre de estas santas doncellas, cuando desde el monasterio las iban martirizando las infieles., En confirmación de esto hay memoria en esta ciudad de una devota mujer, que se decía Maria Alonso, y ahora viven los que la conocieron., la cual afirmaba que una mañana antes del amanecer, que solía venir ella al monasterio cada día, le apareció una procesión de las vírgenes con candelas encendidas, le dieron una de ellas, la cual guardo para la hora de su muerte. Por reverencia de estas cosas y devoción de esta gran santa, muchas personas vienen gran parte del camino desde la ciudad descalzas, y otras las rodillas por tierra, hasta ver con sus ojos la santa imagen de la Madre de Dios, y el lugar donde vivió la virgen Florentina, con la compañía de las doncellas martines de Cristo, y su capilla y sepultura. Hablo de esto no solo por la relación de otros, sino como testigo de vista en dos años que residí en aquel santo monasterio”.Y cuenta la tradición popular que aplicando el oído a la columna de la ermita del Humilladero, se oye como un fluir de sangre a borbotones.
Y también es fama el oír sonido de campanas debajo de la tierra, donde se dice estuvo el monasterio de monjas de Santa Florentina.
Lo que si nos cuenta Fray Jaime Bleda en el lib. VII, cap. II, es “que las monjas de Santa Florentina de Ecija, fueron las que primero padecieron el martirio, luego en la primera invasión de los moros, cuando fue tomada aquella ciudad”.
LIBRO FANTASIA ECIJANA : Autor D. Joaquín J. Nogueras Rosado (1.982)
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